Historia

¿Monarquía o república? Una reflexión histórica sobre la forma de gobierno.

Por Luis Muñoz Cortes

Aún hasta el día de hoy, los historiadores del régimen han caracterizado a la monarquía mexicana como una propuesta retardataria, opuestos a toda forma de progreso.

Según los libros de texto, por ejemplo, Iturbide fue un oportunista que cambió de bando para otorgarle a la Iglesia Católica la posibilidad de dictar políticas públicas.

De igual manera, el régimen ha venido caracterizando a Maximiliano como un usurpador extranjero, llamado por un comité de traidores para gobernar México en nombre de los franceses.

Sin embargo, Iturbide dista mucho de haber sido un católico integrista o fanático. Por el contrario, fue mucho mas moderado en su religiosidad que el propio Morelos, acusado por los españoles de ser un extremista religioso.

Iturbide fue de hecho un moderado ajeno a la idea de tomar partido por determinado grupo político, aún si esto implicaba enfrentarse al Vaticano.

Por otro lado, los partidarios del Imperio de Maximiliano han sido satanizados históricamente como traidores porque aceptaron la autoridad de un Emperador “extranjero”. 

Sin embargo, la república juarista jamás fue un corolario de valores justicieros e igualitarios. Al contrario, fue una república de latifundistas blancos, cuya intención original era integrar todo México dentro de los Estados Unidos de América.

A diferencia de los republicanos y su ardiente deseo por destrozar nuestra cultura adoptando la anti-cultura del yanqui al norte de la frontera, los partidarios del Imperio recurrieron a una solución que había funcionado correctamente en naciones como Grecia, Rumanía, Italia y Bélgica.

Es decir, se ofreció la corona a un monarca que garantizaba unidad, concordia y pacificación en una nación joven. Los ocupantes franceses, por desgracia, habían impuesto condiciones absurdas. Su corazón estuvo siempre con el republicanismo.

Bajo una auténtica monarquía, el monarca es representante de la identidad nacional por su propia persona, sin importar su nacionalidad de origen, lugar de nacimiento o color de piel.

Era necesario que un Imperio Continental tuviese un gobierno monárquico. México estaba y está llamado a la grandeza y a la supremacía, cosa que los liberales republicanos, ensoberbecidos en su pequeñez individualista, jamás pudieron comprender.

El Imperio de Maximiliano, mas que una conspiración de extranjeros, fue la última resistencia del México profundo, del México indígena e identitario, que Juárez tildaba de primitivo y retrógrada.

Las avanzadas leyes en defensa del campesinado a cargo del Segundo imperio, son un fiel reflejo del carácter progresista y visionario de la Casa de Habsburgo.

Dejando de lado todo debate sobre ideologías, es evidente que la falta de un modelo político acorde a nuestra forma de ser como mexicanos, ha contribuido enormemente a que un México llamado a ser una gran potencia mundial, haya naufragado en la mediocridad.

Por tanto independientemente de que nuestro gobierno sea una monarquía o una república, lo imperante es establecer un orden social donde la función pública sea confiada a los mejores elementos de la comunidad nacional.

En principio, se trata de acabar con los amiguismos, las cuotas y los compadrazgos.

En cuando a la monarquía, a raíz de la trágica muerte del Emperador Maximiliano I de México, no hay acuerdos claros sobre el reconocimiento a un titular de los derechos dinásticos de las casas imperiales que el Emperador detentaba.

De momento, una república social, unitaria y descentralizada (no federal) puede ser una opción de gobierno conveniente y viable como base para construir un sistema de gobierno verdaderamente mexicano, surgido de la tradición nacional.

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