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Cuando los potentados se vuelven ecologistas. Una crisis de mutación industrial.

Ya hemos mencionado en otras ocasiones, que la presente crisis económica, con todo y la pandemia del coronavirus, la suspensión masiva de actividades en todo el mundo y el cierre de miles de empresas a escala planetaria, no es el fin del capitalismo.

Tampoco es, como dicen algunos ingenuos, que los potentados, los multimillonarios y las corporaciones hayan tomado conciencia de los derechos de las minorías, de la violencia machista, del sufrimiento innecesario de los animales o de los gravísimos problemas ambientales que se viven en todos lados.

Más bien, estamos en medio de una crisis de mutación industrial. Estamos transitando de una era de hidrocarburos y una economía de servicios a un mundo digital totalmente virtualizado, donde nuevas formas de transportes eléctricos tendrán que consolidarse. Muchos productos que ahora conocemos probablemente dejarán de fabricarse, perderán su utilidad y surgirán nuevos materiales, con nuevas tecnologías.

Evidentemente, la reconversión masiva de la planta industrial no puede hacerse sin un cierre masivo de la economía. Y la contingencia sanitaria ha probado que la economía mundial puede aguantar los cierres. En sí, la sobreproducción natural del sistema capitalista permitió un curso más o menos “normal” de las cosas durante más o menos un año, incluso en países emergentes pero desiguales y conflictivos. México, India, Brasil o Sudáfrica son un ejemplo bastante obvio, de que “el sistema funciona después de todo”.

La súbita preocupación de las grandes corporaciones por temas ecológicos y ambientales se explica también porque los efectos de la contaminación podrían amenazar la viabilidad de sus grandes negocios a mediano plazo. ¿La razón? Toda tecnología requiere materias primas, y sin recursos naturales, no hay vida humana, ni economía.

No es casualidad, entonces, que los organismos financieros, la ONU y los gobiernos nacionales de todos los países del orbe intenten limitar los abusos ambientales, con la tácita anuencia de las grandes corporaciones, que por sí mismas serían incapaces de ponerse de acuerdo para frenar sus propios excesos. En efecto, el sistema busca destruir las naciones como entidades culturales, identitarias o raciales, pero los estados como entes administrativos siguen siendo necesarios.

Los autos eléctricos y la reconversión

Ya en los años noventas, el excéntrico político norteamericano Lyndon Larouche acusó a la corona británica y al recientemente fallecido príncipe Felipe, de apoyar a los movimientos ecologistas como Green Peace o el Fondo Mundial de la Naturaleza, a la vez que la British Petroleum o los emporios madereros británicos, auspiciaban investigaciones científicas en la rama de las tecnologías limpias.

En los últimos años, la aparente hostilidad de las corporaciones frente a los movimientos ecologistas ha cesado parcialmente porque los multimillonarios han logrado subsanar las deficiencias tecnológicas que hacían inviables las tecnologías limpias. Paradójicamente, los avances en la telefonía celular con baterías más eficaces y una velocidad de carga mejorada, se han trasladado a la producción de autos eléctricos.

Con las tecnologías limpias, vienen las nuevas patentes industriales, que garantizan a las potencias globales y a las grandes multinacionales una ventaja táctica por sobre los países emergentes como México, que tendrán que adquirir las nuevas tecnologías para reconvertir su aparato industrial.

El México de López Obrador, el Brasil de Bolsonaro, la Rusia de Putin y el movimiento de Trump en Estados Unidos, veían el restablecimiento de la soberanía petrolera como una alternativa para reindustrializar sus naciones y fortalecer el mercado interno, una vez que las patentes industriales de las tecnologías “sucias” pierden su vigencia. Sin embargo, el triunfo de Biden y el desplome de la altright en Europa auguran una probable victoria de las tecnologías limpias de raigambre multinacional.

Además, no debemos olvidar que hace diez años era impensable que los autos eléctricos pudieran superar en rentabilidad a los tradicionales. Hoy, los costos se han reducido a tal grado, que es muy probable que tarde o temprano, los coches comunes pasen de moda. Algo así podría pasar con la producción de energía eólica o solar, que hasta ahora no es rentable, pero podría serlo en poco tiempo.

Camarón que se duerme…

El proyecto del obradorismo, basado casi exclusivamente en el petróleo, podría quedar sepultado si un futuro gobierno dobla las manos frente a una reconversión industrial que tarde o temprano será inevitable.

Claro que debemos celebrar las reformas en materia petrolera y eléctrica, pero de poco sirve proteger los hidrocarburos del subsuelo si no garantizamos la propiedad nacional del litio, el neodimio y otros minerales indispensables para elaborar las baterías más modernas.

Tener estos minerales hace de nuestro país un sitio geoestratégico donde se librarán sendas batallas económicas. Sin embargo, los políticos de nuestro país no están a la altura de las circunstancias. El obradorismo sigue enfrascado en su sueño petrolero. El PAN y la derecha sirven al proyecto de la globalización con Biden. No sin antes haber dejado con vida al PRI con los riesgos que esto representa.

Un posible desgaste del PAN o de Morena podría revivir a un PRI que ya estaba prácticamente muerto y los vínculos del priismo con la política hegemónica de China no son ningún secreto. Los minerales de nuestro país, corren riesgo.

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